El retorno forzado de miles de salvadoreños deportados desde Estados Unidos plantea un desafío que va mucho más allá de recibir a una persona en el aeropuerto, puesto que significa reconstruir sus vidas en una sociedad que no reconocen como propia.
Después de residir 10 o 20 años o incluso 30 años fuera de este terruño genera un impacto psicológico, puesto que regresan a una tierra donde todo ha cambiado, las muchos de los jóvenes no habían nacido cuando iniciaron sus viajes en búsqueda de mejores derroteros.
El coordinador nacional del Servicio Jesuita con Migrantes de El Salvador, en una entrevista con la radio jesuita YSUCA dijo que el retorno forzado no es un fenómeno nuevo para el país. Durante años, miles de salvadoreños han regresado como consecuencia de las políticas migratorias de Estados Unidos.
Señaló que actualmente también existe otro tipo de retorno: personas que deciden abandonar Estados Unidos ante un contexto que perciben como hostil, de persecución y temor. Difícilmente puede hablarse de una decisión completamente voluntaria.
El impacto para estas personas no es solamente económico, también existe un componente psicológico y emocional marcado por la incertidumbre, la pérdida de redes sociales y familiares y la necesidad de adaptarse nuevamente a una realidad diferente.
Para algunas personas, incluso encontrar dónde vivir o quién las recibirá puede convertirse en un problema inmediato, si estas no ahorraron y regresan como se fueron sin nada.
Dimensiona que el desafío es todavía mayor cuando los salvadoreños regresan con hijos nacidos y criados en Estados Unidos. Niños y adolescentes pueden llegar a un país que nunca han conocido, enfrentar dificultades para comunicarse en español y tener que incorporarse al sistema educativo.
Hasta el momento se desconoce si hay alguna orden gubernamental para facilitar la incorporación de niños y adolescentes deportados a los centros escolares y reducir los trámites administrativos, persisten interrogantes sobre la capacidad de las instituciones para atender las barreras lingüísticas y educativas que puedan enfrentar, señaló el académico.
















































